¿Democracia en El Salvador?

Najib Bukele, presidente en ejercicio de la República de El Salvador, ha dado un significativo paso adelante que viene a alimentar su ya de por sí singular perfil en el panorama político centroamericano. Tildado como líder populista y de tintes autoritarios por muchos, sus maneras y medidas adoptadas en sus dos años de gobierno despiertan cada vez mayores recelos en la comunidad internacional y en su propio país, pese al mayoritario apoyo que recibió por parte de sus ciudadanos hace dos años y que le hizo alcanzar la presidencia.

Su último gesto lo ha hecho en Twitter, red social que maneja con gran habilidad –fue una de las claves de su triunfo electoral– y que es seguida por casi 3 millones de personas. En ella se ha definido, irónicamente intuimos, como “Dictador” de El Salvador, borrando su anterior “Presidente de El Salvador” o “Papá de Layla” –su única hija– que figuraban habitualmente en su perfil.

Todo indica, dado el carácter y la forma de actuar de Bukele, que esta maniobra puede tratarse de una provocadora manera de responder a las primeras e importantes protestas que se han sucedido en su país en las últimas fechas por distintas medidas implementadas desde su gobierno –especialmente la reciente entrada en vigor de las criptomonedas como moneda oficial- y que han generado gran malestar en parte de la sociedad salvadoreña, haciéndoles salir a la calle para protestar contra el hasta ahora intocable mandatario. Muchas de esas miles de personas llevaban pancartas, pasquines y coreaban consignas calificando al presidente, precisamente, como un dictador.

Simbólico o no el gesto de Bukele, no es baladí hacerlo como presidente de un país en el que la inmensa mayoría de la población se declaraba escasamente entusiasta con la democracia según reflejó el Latinobarómetro del año 2018, en el que tan sólo un 28% de los ciudadanos encuestados mostraron su apoyo a este sistema de gobierno, el menor respaldo junto a Guatemala de los 18 países latinoamericanos analizados. Es más, en el mismo informe citado, el 54% de la población salvadoreña se mostraba indiferente al sistema de gobierno en su país, es decir, que no mostraban preferencias sobre si éste debería ser democrático o no democrático.

Desde entonces, con la pandemia de por medio, dicha realidad no parece que haya mejorado precisamente, si no más bien todo lo contrario, tal y como indican algunos estudios como el realizado por la ONG Freedom house a finales de 2020 y que lleva por título “Democracy under lockdown” y que aborda, precisamente, las consecuencias de la pandemia de COVID-19 en el panorama político mundial. En numerosos países, El Salvador entre los más destacados, la calidad democrática ha menguado, así como el respeto a los derechos humanos.

En la misma línea apunta el informe realizado por la organización Variedades de Democracia,  V-Dem Institute y publicado en octubre de 2020. En dicho trabajo se han analizado siete tipos de valoraciones de estándares democráticos. Pues bien, El Salvador es uno de los ocho países que han sufrido mayores retrocesos o amenazas a la libertad política y que, por tanto, presentan un mayor riesgo de ver deteriorada su ya endeble situación democrática.

Más reciente, de abril de 2021, es el interesante análisis “La democracia latinoamericana tras un año de pandemia” realizado por Carlos Malamud y Rogelio Núñez, investigadores del Real Instituto ElCano. En él podemos leer:

  • “En el contexto de la pandemia han emergido algunos “COVID-populistas”, como López Obrador, Bolsonaro, Ortega y Bukele. Pese a sus distintas tendencias ideológicas, todos mostraron un cierto desprecio ante la pandemia y, en algunos casos, actitudes negacionistas. En determinados países, como Brasil (permiso de llevar armas), Nicaragua y El Salvador la pandemia aceleró pulsiones autoritarias ya presentes. En este sentido sobresalió Bukele, que en febrero de 2020 fue a la Asamblea acompañado de militares y policías para presionar a los legisladores en respaldo de sus iniciativas. En El Salvador la lucha contra el virus permitió reforzar medidas, leyes e instancias antidemocráticas, en línea con lo que ocurre en otras partes del mundo, como en la Hungría de Viktor Orbán”.
  • “Las redes sociales, que se han convertido en el principal vehículo para la demagogia (Bukele) o los mensajes negacionistas respecto al virus (Bolsonaro), también permiten gobernar de otra manera. Es el caso de Bukele y de López Obrador, que parecen estar modernizando los viejos usos del populismo tradicional, basado en el desprecio a las instituciones y en el contacto directo con las masas, que ahora se hace vía WhatsApp, Twitter o Facebook. Una investigación del diario salvadoreño “Prensa Gráfica” señala que con Bukele la neutralidad institucional ha desaparecido y que Twitter se han transformado en una herramienta partidista”.

La singular “gracieta” del presidente salvadoreño en Twitter (en la fecha en la que se escribe el presente artículo, 21 de septiembre, figura en su perfil oficial como “El Dictador más cool del mundo”) puede no resultar tan inofensiva como parece a simple vista, dada la compleja realidad económica, social y política que vive su país, la percepción que la propia sociedad salvadoreña tiene sobre el modelo de gobierno preferido antes mencionada, el agravamiento que se percibe en el deterioro de la calidad democrática de El Salvador, el reforzamiento del carácter claramente presidencialista del gobierno de Najib Bukele, y el proceder de quien tiene en las redes sociales, sobre todo en Twitter, un potente altavoz. 

¿Qué pretende calificándose asimismo como Dictador? ¿Es tan sólo una burda burla hacia sus detractores?

Habrá que estar atentos a los avatares de la situación política en El Salvador.

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